Una antigua fábula cuenta que un día el sol y el viento presumían quién era
el más poderoso, y cada uno alardeaba de su fuerza e inteligencia. Sin llegar
a un acuerdo, decidieron medir sus fuerzas.
Vieron a un campesino que transitaba por un solitario camino y decidieron
probar en él su poderío, y apostaron por quién de los dos le quitaría primero
el abrigo.
Inició el viento, que sopló con fuerza inusitada y logró derribar al sujeto,
quien en su desesperación se aferraba a su abrigo y se cubría con él para protegerse
del vendaval. Por más esfuerzos que hizo el viento y a pesar de dejar maltrecho
al pobre individuo, no logró quitarle el abrigo.
Tocó su turno al sol, que con calma empezó a emitir sus poderosos rayos y
logró primero que el labriego se desabotonara el abrigo y al final que se despojara
de él para librarse del agobiante calor, ganando así la apuesta.
¿Qué tiene que ver esta historia con el tratamiento del melasma?
Con mucha frecuencia, los dermatólogos actuamos como el viento de la historia
y queremos despojar a nuestros pacientes del manto protector que cubre las áreas fotosensibilizadas de la cara a base de potentes despigmentantes con hidroquinona, ácido kojico y corticoides, adicionados o no, con pantallas solares que
nos hacen sentir más tranquilos sobre lo correcto de nuestro manejo.
Se emplea la lógica simplista de “si mi paciente tiene manchas hipercrómicas,
lo trato con despigmentantes”. Resultado: la mancha desaparece mientras se encuentra bajo su efecto, para reaparecer con mayor intensidad y mayor fotosensibilidad
en cuanto el sol y la radiación indirecta actúan de nuevo. Se encadena así a
los pacientes a un círculo vicioso que va a dejar la piel con tonalidades diversas que
alternan entre áreas rojizas, pálidas y otras pigmentadas, o quizá atrofia y neoformación
vascular si la opción terapéutica incluyó el coctel con esteroides. Esa lógica
resulta, pues, lo contrario.
¿No es mejor, como el inteligente sol de la fábula, hacer que el paciente se despoje
del abrigo de las manchas por no necesitar tal protección? Menos perjudicial
será que su piel recupere la resistencia normal a la radiación solar; como el común
de la gente, que se asolea sin mancharse.
El éxito permanente del tratamiento de estos casos depende de que el paciente
entienda el trasfondo del problema y coopere con mucha responsabilidad en lo
indicado; no es fácil, pues le resulta más cómodo pensar que si paga “un buen tratamiento” puede seguir haciendo lo que quiera sin necesidad de sacrificar o privarse
de nada.
Aunque no siempre sabemos qué causó la fotosensibilización que llevó al
melasma, en un buen número de casos se puede relacionar con embarazo, anticonceptivos u hormonales regularizadores del ciclo menstrual,
otros medicamentos fotosensibilizantes, trastornos
hormonales y/o cosméticos perfumados; y en el hombre, a
menudo, con las lociones refrescantes y perfumadas después
del rasurado y siempre, detrás de todo lo anterior, la
exposición directa al sol o a la radiación indirecta intensa.
Eliminar o evitar dichos factores es sólo la base para
iniciar el tratamiento.
Es crucial que el paciente entienda que el propósito de
las pantallas y protectores solares en una piel fotosensibilizada
no es el de que se pueda exponer al sol, como suele
creer, sino el de que su piel se recupere poco a poco al dejar
de exponerse a la radiación solar directa o indirecta.
Comparativamente: la protección del yeso o férula para el
que se fracturó o sufrió un esguince no es para que corra y
camine como solía hacerlo, sino para que, con el debido
reposo, su lesión sane.
En la actualidad, la cantidad de filtros y pantallas solares,
indispensables en el manejo de esta dermatosis, son
muy numerosos y de calidad satisfactoria, pero aun así, la
piel fotosensible volverá a mancharse si no se protege adecuadamente
del sol directo o indirecto, o del calor intenso.
Si bien los fotoprotectores orales aún navegan en buena
parte en una zona teórica, en mi opinión son preferibles a
los despigmentantes potentes, con las secuelas mencionadas.
Los acidificantes e hidratantes que mantengan la piel
en buenas condiciones contribuirán a que la piel se defienda
mejor y se recupere gradualmente al evitar la causa principal.
Es importante también procurar que el paciente comprenda
que es un proceso gradual, lento y progresivo, que
requiere constancia, disciplina y un sincero deseo de curarse.
Para ello, la confianza en su médico es indispensable. La
voz del médico será la guía para su curación, como en cualquier
campo de la medicina.
Debemos estar conscientes de nuestras limitaciones.
Habrá casos en que lo único que se podrá ofrecer al paciente
es el consejo de un cosmético adecuado para ocultar sus
manchas cuando su actividad los obliga a trabajar expuestos
constantemente a la causa principal, como policías, agentes
de tránsito o de seguridad, deportistas, carteros, guías de
turistas y muchas ocupaciones más. En estos casos debemos
ser francos y muy claros con el paciente, dar un protector —pantalla solar con cosmético— y evitar, en especial en
estos casos, los despigmentantes.
Asimismo, las fuentes intensas de calor, como tortillerías, hornos, coches estacionados al sol, generadores de
energía o lugares donde el calor sea muy intenso pueden
contribuir a prolongar el problema y así debemos explicarlo.
En muchas áreas de nuestro país, el sol es el elemento
dominante que algunos pacientes buscan con placer para
conseguir el bronceado perfecto; otros expresan que al asolearse “se llenan de energía”. A pesar de la cada vez más
abundante información sobre los efectos nocivos de la radiación solar y el abecedario de los rayos UV, a estas personas
no les importa que “la piel dorada de hoy sea la ciruela
pasa de mañana”; es un poco vivir el momento y otro poco
el pensamiento egoísta de “eso no me va a pasar a mí, y si
me pasa, para eso están los cirujanos plásticos y el dermatólogo(a) más cercano a mi corazón que tendrá listas las ‘botox-pociones’ mágicas para mantenerme siempre joven”.
Ojalá el daño de la radiación sólo se limitara a las arrugas: cáncer cutáneo en todas sus gamas, trastornos metabólicos,
colagenopatías y, en el menor de los casos, atrofia y
fragilidad capilar son el destino a veces irreversible de los
adoradores del dios Helios.
La exposición diaria al sol puede ser parte inevitable de
nuestras vidas con la debida protección, pues el estímulo
constante para la aparición del pigmento es la radiación
solar.
Sin negar los beneficios parciales que otorga a nuestra
salud, resulta paradójico que el sol, dador de vida, adorado
como símbolo y representante de la divinidad desde la
Antigüedad, ejerza efectos tan inmisericordes para el órgano
más grande y más bello de nuestra economía.